Cristina
Camping Ola   Tashkent ´79  775
             
               

 

Aquello parecían unas vacaciones normales para un cerebrín como el mío: de 14 años, sin capacidad ni conocimiento para saber que se trataba ni más ni menos que de algo archiconocido por los estudiosos del ser humano… los antropólogos lo llaman “ritual de paso”. Para mí tuvo lugar como una sucesión de acontecimientos que sólo con el paso de los años han ido cobrando significado; sentido ya tenían entonces, aunque yo lo desconocía en aquel momento.

De entre todos los tesoros que albergaba el Camping Ola, el más llamativo era el mar: fue mi primer contacto con él. Pero enseguida, en cuanto la convivencia con los otros seres humanos que había allí empezó a clarificarse, apareció como una princesa o una sirena Cristina Camping Ola, luz deslumbrante para mis ojos en medio de aquellas verbenas mediocres que se celebraban para mayor gloria de la organización. Me pregunto por qué me fijé en Cristina Camping Ola, puesto que entre mis expectativas no estaba en modo alguno utilizar aquel verano del ’79 como un trampolín hormonal… ni siquiera recuerdo si había descubierto mi cuerpo, menos aún si me apetecía descubrir el de Cristina Camping Ola.

Ella era una chiquilla de Tashkent, sin mayor llamativo que unas piernitas albergadas por un short rojo y una camiseta blanca con letras a juego que decía FLASH. Su cara se difumina en mi memoria como puedan hacerlo los rostros de las vírgenes en los cuadros medievales, entre un sfumatto que las preña de misterio. En todo caso, mis torpes e inexpertos acercamientos a aquella niña de 12 o 13 años se restringieron a miradas furtivas y azuzamientos por parte de Valentín Hermano y el hijo de los amigos de mis padres con los que compartíamos vacaciones, quienes se propusieron hacer de aquélla mi primera experiencia amorosa.

Al ir pasando los días infructuosamente, se desanimaban y me interpelaban con la excusa de alguna apuesta infantil que no recuerdo; yo debía abordarla diciéndole: “Te quiero. Estoy loco por ti. ¿Quieres salir conmigo?” Algo que a mí me parecía tan imposible de llevar a cabo que enseguida desistieron, chasqueando la lengua mientras se decían entre ellos, cómplices: “¡Son 14 añines…!”

A lo más que llegó mi torpeza fue durante un ejercicio de lucimiento que una tarde Cristina Camping Ola nos regaló a la vista, haciendo una voltereta lateral con la que buscaba nuestra aprobación. Ante la abrumadora cantidad de 10 que el resto del jurado le otorgaba, mi imaginación sólo supo despuntar con un 0 que a todo el mundo dejó helado… a Cristina Camping Ola también y ¡cómo no! a mí mismo.

Con lo fácil que habría sido puntuarla con un 11, consiguiendo a la vez salirme de las previsiones y ponerla en un pedestal de diosa, mi pacata imaginación no alcanzó más que a la torpeza de la que me arrepentí no bien hubo salido de mi boca.

Pensé mucho en aquel episodio durante años, con lo que puedo concluir –gracias a la sabiduría que otorga el tiempo, madurando los licores en la barrica– que aquélla fue una lección propedéutica que en un futuro que ahora es mi pasado, me sirvió sobremanera a la hora de conocerme y tratar a l@s demás, especialmente a las mujeres: no se puede ordenar el universo según parámetros que sólo están en la propia cabeza, porque el resultado será siempre la incomprensión. La empatía es la cerradura del corazón.

 

 

Sonido

ACTIVA EL SONIDO. Estas memorias tienen banda sonora
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