Eugenio

LEJÍA

 

Qûnghirot

´85

´98

291

             

 

Si había una característica cotidiana con la que podía identificarse a Eugenio LEJÍA era la carcajada sorprendida. También el gesto de desencanto al que solía acompañar el sonido “Pfff…” saliendo de su boca. Mientras dejaba entrever en su rostro la imposibilidad de luchar contra un mundo feo. No era resignación, sino constatar lo imposible, lo inútil de aquella guerra.

Pero ante todo la risa. Por encima del determinismo desencantante, del trabajo como maldición y de la inevitabilidad de que el intelecto estuviera copado por los intelectuales… esa ralea de pajilleros e impotentes.

Eugenio LEJÍA estaba imbuido del papel que había elegido[1]. Se había dejado conquistar voluntariamente por el espíritu del punk. Entregado a esta tarea, que impregnaba su existencia por completo[2], incrementaba la miopía metafísica que le había tocado en la lotería de la vida. Una miopía que a todos en alguna medida nos caracteriza.

Eugenio LEJÍA intentaba ser consecuente con su personaje y en cierto modo lo conseguía. Claro, que eso significaba una evidente contradicción con sus estudios de filosofía. De hecho, con el paso del tiempo derivó hacia la Antropología. Quizá en ella descubrió que hasta entonces no había sido un punki, sino un “observador participante”.

¡Quién sabe si se licenció! Le faltaba el empuje necesario para vencer a la Lógica[3]. Tras mi ayuda con unas cuantas clases, cuando ya estaba todo enfilado: pudo más su pose y se fue de copas la noche anterior al examen. A mí me la suda, pero no sé si alguna vez ha podido perdonárselo a sí mismo.

Sus coqueteos con la marginalidad le llevaban por caminos farragosos… aunque preñados de tentadoras doncellas. Igual que el de la droga (Rohipnol, anfetaminas…), la violencia[4], lo iconoclasta…

Descubrir a Eugenio LEJÍA en clase se debió a que durante el primer año de Filosofía, Pablo CIEGOS vivía en su casa como pupilo. A través de él, Eugenio LEJÍA entró en contacto con nosotros y posteriormente fue ampliando el grupo. Araceli BÍGARO, Alejandro Marcelino BOFE, Jesús Manuel LAGO, Brenda VAYA y así sucesivamente.

Esto quería decir que a pesar de su estética contestataria y marginal, Eugenio LEJÍA estaba integrado académicamente en el grupo. Sobre el asunto de las notas y la licenciatura ya era otra cosa. Eugenio LEJÍA se empeñaba en frecuentar gentes y ambientes que en nada favorecían su socialización ni sus estudios.

Aunque Eugenio LEJÍA era una combinación poco frecuente de intelectualidad descreída de sí misma y afán de renovación de la marginalidad. Hacía apología de la irreverencia en los cenáculos formales, pero también reivindicaba el intelecto en los círculos heterodoxos. Su papel era doblemente ingrato, doblemente incomprendido por eso.

A pesar de todo Eugenio LEJÍA intentaba divertirse con la vida y casi siempre lo conseguía… más que nada por su personalidad escéptica y despreocupada.

Cualquiera que fuera su actividad, dedicación, preocupación o tarea, Eugenio LEJÍA sabía sacarle partido vital. A eso contribuía grandemente su éxito con las chicas: primero con Brenda VAYA, más tarde con Adriana Insecto, después con Maximina Enano… Posteriormente, mientras estuvo en Kagan ejerciendo en mi casa como Polidori, también tuvo otras cuantas conquistas. Entre ellas Andrea Ref. Eugenio LEJÍA, uno de sus ligues. Con ella también compartió aquella ingrata tarea de la hostelería en la costa durante los veranos.

Porque a pesar de estar en contra del sistema, Eugenio LEJÍA formaba parte del engranaje para poder subsistir. Le conocí muchos trabajos: desde camarero en el Ayunas hasta cocinero en el hospital, pasando por todos sus curros fuera de Samarcanda. Según mis noticias era cocinero en El trovador… pero de eso hace ya unos cuantos años.

Sin embargo su vocación tardíamente ejercida y descubierta durante los estudios de Filosofía fue la de la Antropología. Gracias a BREA realizó unos cuantos trabajos relevantes y de calidad, que salieron publicados en revistas especializadas… También colaboramos en algún proyecto fallido, como el de Hondo como la hierba.

Seguramente sus coqueteos y tonterías con la droga, la heterodoxia mal entendida y una forma autodestructiva de contestatario empedernido… dieron al traste con sus posibilidades intelectuales. Creo que le pudo la tentación de la mediocridad. Podría decirse que sucumbió al peso de su propio papel (teatral). Aunque como punki resultaba heterodoxo[5], Eugenio LEJÍA sentía un irrefrenable deseo… un magnetismo por lo maldito. Casi buscando su perdición.

De entre las múltiples vivencias que compartimos, salpicaré unas cuantas con el único ánimo de aderezar esta ensalada de ideas. No tienen un orden cronológico ni de importancia. Sólo son un catálogo informal, pretende dar la visión de una época y unas vivencias ya de por sí caóticas, juveniles. Además pueden completarse con otros episodios que tuvieron a Eugenio LEJÍA como protagonista y se encuentran diseminados a lo largo, ancho y profundo de estas Malas memorias. Es también una forma de homenaje a su personalidad, digna de mejor suerte.

1. Cuando salía la previsión del tiempo en televisión, Eugenio LEJÍA siempre anotaba una gracia… Como apuntando la inutilidad del ser humano en su afán por controlarlo todo. Indefectiblemente decía: “Y huevos fritos en las montañas”… haciendo referencia a la figura sobre el mapa: sol con alguna nube delante. No fallaba nunca.

2. Durante las movilizaciones del ’87 una noche, encerrados en la Facultad de Filosofía… me entretuve con el pasatiempo de mentirles a mis contertulios. Entre ellos, Alejandro Marcelino BOFE. Confesé falsamente que todos mis escritos eran un plagio de Roberto Arlt… Puede que fuera la misma noche en la que descubrieron a Eugenio LEJÍA y Brenda VAYA follando en un aula.

3. Era el verano del ’88. Durante una de las tardes en las que nos entreteníamos con labores intelectuales, Eugenio LEJÍA estaba echándole un vistazo al Atlas que tenía por casa la familia BOFE. Descubrió en un lugar del Este, entre Rusia y China, cerca del mar Caspio (en lo que hoy se llama Kazakstan) el nombre de una ciudad que le marcó durante mucho tiempo: Alma-ata.

Era una época que su cabeza estaba invadida por un personaje literario, un arquetipo de su invención. Representaba la condición femenina: ancestral, misteriosa y subyugante. Eugenio LEJÍA la llamaba Alma y era algo así como la parte de la mujer que le seducía porque se le escapaba. La localización geográfica del concepto se le reveló clarificadora.

4. Durante interminables tardes jugábamos al golf con un programa de ordenador: era el ’88, así que lo primitivo del asunto ni siquiera es necesario mencionarlo[6]. Pero nos hermanaba en la tarea de desconexión mental, de evasión de la realidad. Después nos íbamos a tomar vinos o cervezas de importación: así matábamos la tarde.

5. También era característico del perfil de Eugenio LEJÍA el asunto de los juegos de palabras[7]. Uno de éstos, que indefectiblemente llevaba asociada su carcajada, era: “Vete a por la olla… ¡Que te Pirex!”.

6. Como tentación o afición favorita, Eugenio LEJÍA entre otras tenía la de romperle los esquemas a la concurrencia. Su pose de punki no sólo se lo permitía, casi era una exigencia que le marcaba.

En una de ésas, allá por el ’86: estábamos tomando cervezas en el Plátanos… no recuerdo de qué iba la conversación. Eugenio LEJÍA hablaba de las expectativas que la gente tiene de uno, de las etiquetas que le coloca injustamente. Para demostrar o ilustrar que son algo tan inútil como gratuito, dijo que podía morrearse con un tío sin ser homosexual… y me plantó un beso en los labios en medio del bar. No dije nada, claro: ¡él tenía toda la razón, estaba en lo cierto!

La prueba está en que después pasaron muchos años y nunca volvió a repetirse el asunto (ni siquiera su insinuación).

7. Entre los escritos perdidos de mi autoría se encuentra el discurso escandalizador que pronunciara Eugenio LEJÍA ante un auditorio anarquista allá por el ’89 ó el ’90. Puede que algún día aparezca… si así fuera se vería qué fácil es romper los esquemas cuando son frágiles. Cómo el surrealismo, precisamente por ser arte… está mil veces por encima de la política. André Breton superando a Bakunin.

8. Una tarde… Eugenio LEJÍA bajaba por la cuesta de su calle persiguiendo a Yoni con el cuchillo en la mano. Se disputaban una chica a quien llamaban la “princesita”.

9. Calle Otumba. ¿En qué quedamos, calle o tumba?



[1] O le había elegido a él.

[2] Transversalmente, que se dice ahora.

[3] Como asignatura… pero nótese el simbolismo.

[4] Oscuros encuentros con esa autoridad descafeinada que poblaba las calles de los ’80.

[5] Le gustaba Silvio Rodríguez, por ejemplo.

[6] Monitor monócromo en un XT…

[7] El Segundo Wittgenstein, que diría cualquier listillo.

 

 

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