1.  Invitación

   

1.2. b)

Memoria <=> me moría

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Sin débitos, sin alianzas, pero con posicionamiento. Precisamente por eso: una postura intelectual realmente independiente, coherente y auténtica… está condenada al ostracismo, por no creer en el corporativismo; exiliada de los lugares comunes donde reinan las palmaditas y los favores recíprocos. No puede concebirse una posición teóricamente más independiente que la de quien no tiene más interés en una cosa que el de querer que funcione, aunque no sea en su propio beneficio (sobre todo si es así).

Los recuerdos en estanterías, cada un@ en su jaulita. No sé si lo he dicho, pero ya estáis tod@s muert@s… metidos en un libro: más muertos ¡imposible! ¡Viva el orden mental! Así floto, como alejado del mundanal ruido, afortunadamente sin lastres: sólo mis ideas y mis experiencias ordenan un conjunto que va abandonando el caos porque ha aprendido a respetarlo, a convivir con la entropía como un igual. Faltarán cosas ¡por supuesto! y estará llena de imperfecciones… así es la vida, ¿no? Por tanto, en este sentido, será el reflejo fiel de un entorno.

Miro el pasado buscando el resplandor que desencadene mi prosa; lo hago como quien mira la luz para estornudar más ampliamente, para estornudar de forma casi absoluta, como si después del estornudo se acabara el mundo. Miro el pasado reclamando un estornudo apocalíptico.

Semejante posición, endiabladamente independiente, también tiene sus precios. Los admito como algo natural, seguramente inevitable, no dejando que se imponga el chantaje de los débitos materiales en sus infinitas versiones.

A veces seré rico, a veces pobre. Semejante circunstancia no influirá sobre las ideas, que están más allá de toda materia… lejos de las mezquindades humanas y sus rastreros intereses, trasteros del inconsciente. ¡Cuánta gente daría un riñón o una mano por estar aquí, así!

Una vida a la que no me unen nostalgia ni arrepentimiento. No la añoro ni reniego de ella: simplemente la recuerdo. Pero cuando rememoro el sabor de aquel croissant, ¿acaso lo estoy saboreando de nuevo? Evoco el conjunto con algo de cariño[1] pero también con un poco de rechazo… por cuanto me habría gustado de otra manera. No tiene sentido la tortura, sólo este ‘ajuste de cuentas’. Después, sin acritud, una vez escrito… ya podré olvidarlo todo: también sin remordimientos.

Poner por escrito un recuerdo quiere decir inmortalizarlo y por lo mismo: tener la tranquilidad de poder olvidarlo. Sin duda en toda voluntad de olvido hay una voluntad de recuerdo. Esta obra es un buen ejemplo de ello. Pensar en todo aquello de una vez por todas, pensar para olvidar en paz, para que me dejen hasta en la memoria. En toda voluntad de olvido hay una voluntad de recuerdo (¿lo dijo ya Nietzsche?) Con estas Malas memorias me la quitaré como la costra inconsciente que es. Sólo que tras desempolvar el pasado, querré acordarme y no podré, seguro… tampoco me inquieta. Una vez saldadas todas las cuentas, ya puede ir uno a otro negocio.

Así iré formateando mi pobre cerebro maltrecho, vaciándolo de datos tan absurdos como inconexos. Un volcado de disco duro corporal para regocijo de quienes (si los hay) se diviertan o sufran con los fósiles.

Para mí resulta un descanso, porque es soltar lastre… y un experimento. Me mueve a hacerlo la curiosidad, a ver qué pasa poniendo las cosas en su sitio: en el que creo que deberían estar, haber estado siempre o del que nunca debieron haber salido; quizás ni llegaron a hacerlo y sólo era un espejismo.

Soy reconocido oficialmente como un inútil. Nada nuevo, desde luego; lo sé desde hace muchos años: inútil para una sociedad mal planteada, injusta, desequilibrada. Una sociedad en la que unos cuantos inútiles (no reconocidos como tales) se dedican a confirmar oficialmente quién lo es y quién no: quedándose oficialmente fuera de la clasificación, claro. Ironías de la vida. Ser un inútil en un mundo de inútiles significa, por reducción al absurdo: ser desmesuradamente útil. Aquí la trampa está en no decir el ‘para qué’ de la inutilidad. Ya sabía yo todo esto desde hace mucho tiempo… sólo que ahora es oficial. ¡Claro que no podréis contar conmigo para fabricar un mundo así de injusto e impresentable! Para eso nunca he sido ni seré cómplice.

Siempre he hecho aquello en lo que he creído (o al revés, que también vale). Sólo que –con el tiempo– las creencias varían… gracias a la experiencia.

Pero en una competición de mezquindades siempre tendréis las de ganar. Para mí vuestro dictamen no es condena ni limosna, sino beca. Podría no hacer nada impunemente, pero no me da la gana. A partir de ahora, podréis comprobar de qué es capaz un inútil o un becario. Que tiemblen los cimientos de vuestra Babel de ideas, del proyecto de mierda al que servís, porque ahora empieza la risa.


 

[1] Pues me ha permitido llegar hasta hoy.

 

 

 
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