1.  Invitación

   

1.2. c)

Desafío

005

 

He bebido sangre de desconocidos, tengo un diploma de religión por saberme el catecismo al dedillo, he fumado siete cigarrillos al mismo tiempo. He quemado contenedores, hecho barricadas, encierros y huelgas salvajes. He trabajado en la construcción, soy manipulador de alimentos reconocido oficialmente, he viajado en la máquina del tiempo hasta la Edad Media en los mercados posmodernos. He traficado sobre la barra de un bar con lápidas robadas por la noche en un cementerio, he sido camaleón, funcionario, profesor interino, he jugado al mus en manifestaciones… He sido dadaísta, iconoclasta y objetor; candidato al senado, filatélico, ecologista, ludópata, vegetariano, alcohólico, confesor de impotentes… He tenido tres novias a la vez, he estudiado cuatro carreras universitarias durante catorce años seguidos… y he terminado una. He escrito libros de todos los géneros que nadie quiere publicar. En el colmo de los extremos, me he disfrazado de persona normal, de disfraz… y he pasado desapercibido. He participado de todos los excesos y los defectos, de los vicios y las virtudes: no tengo crisis de identidad, pues tengo todas las identidades posibles e improbables[1].

Currante, interino, funcionario (docente y no docente), parado, estudiante, jubilado… ¿acaso me queda algo por ser laboralmente, más que fallecido?

Estoy de puta madre sin vosotros… precisamente porque no estáis. No hace falta que os vayáis: ya estáis a tomar por culo. Seguid ahí, así.

Quizá todo lo anterior, catálogo improvisado de recuerdos al azahar, más que un curriculum vitae sea un “ridiculum mortis”. Sin embargo, parece un buen punto de partida para estas Malas memorias. En ellas aparecerán estos detalles y muchos más, mezclados con la vida misma: esa gran puta, escurridiza para pensadores y artistas, incapaces de libarla sino en páginas estériles y taxonomías de impotencia.

Si voy enseñando mi mente no es sólo por el afán exhibicionista[2], sino para aportar algo perdurable, no fungible como lo vuestro… Algo que después de todo mejore el entorno más allá de lo puramente visual. Ése es vuestro sitio en mi vida: el recuerdo.

Allá vamos. Zarpar hacia los procelosos amigos venidos a menos en la tempestad de relaciones nunca comprendidas, será una aventura mayor que cualquier otra guerra… pero ¡quedan tantos cabos por cortar! Resulta imprescindible convertirse en conejillo de indias en este experimento. Como un científico que buscara remedios para el recuerdo, experimentando en su propio cuerpo. Nadie vendrá a protestar contra la experimentación en animales.

Entonces no lo sabía, pero me pasaba el día estudiando antropología… Ahora lo sé: creía que vivía, mas sólo estaba haciendo “observación participante”. La antropología así entendida es más labor de vivisección que ciencia de autopsias. Nada muerto: letras que crecen y cambian por su propia personalidad, ajenas a los hechos que realmente ocurrieron. Nada que comprender: únicamente que el absurdo, el caos y el desorden son la vida misma. Nada que remediar, pues la contradicción deja de ser enfermedad.

Vivir, sólo vivir ¿acaso es poco? como el torrente que se sabe arrastrado por fuerzas superiores y desconocidas. Acatando los caprichos que le llevan al mar, esa perdición cuya enseñanza nos deja un salado sabor de sangre transparente. Pero disfrutando en cada salto de agua, con cada meandro y cada brizna que se baña en su cauce: aprendiendo a jugar con su propia muerte y jugando a aprender con su propia vida.

Es una invitación para cualquiera que no aceptará cualquiera. Sería necesario que los esquemas mentales fueran más flexibles[3] porque ahora las casillas son pequeñas y los esquemas frágiles: es fácil romperlos y sacar a cualquiera de aquéllas.

Ya os tengo ahí, escritos: ya me he librado de vosotros con esta especie de lobotomía que es la literatura. Sólo ahora comprendo la infinita libertad que es vuestra ausencia.

Imagino vuestros tiernos cerebritos paseando lenta, pausadamente una tarde otoñal… Yo tuve –sabedlo– una vida extraordinaria, de ésas que sólo son ficción para vuestra cabeza. Mi tarea era sembrar (inconscientemente) mil semillas de universos nuevos: ofertas inimaginables para ojos condonados de espectadores condenados…

La puerta de este teatro está abierta, sólo que a la mayoría el miedo le paralizará el cuerpo, ya casi fundido con el sofá que le acoge… tan parecido al mullido ataúd que os espera. Quien quiera-pueda-sepa avanzar, que dé un paso hacia dentro de sí: siguiendo esta invitación, de palabras liberadoras del mundo real.


 

[1] Si me falta alguna, seguro que está en mi imaginación.

[2] Como hacéis vosotros con el cuerpo.

[3] Otro tiempo y otro espacio aún por venir.

 

 
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