1.  Invitación

   

1.3. Me fui…

 

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Finalmente me fui. A otro tiempo y a otro espacio, si acaso esto puede hacerse sin morir, aunque sólo sea un poco. Examino mi conciencia: ¿qué hago cuando algo no me gusta? ¿Lo cambio o me largo?

Me fui dando un portazo, mas habiendo pagado todas mis deudas. Ahora habito en otra nube, pero no creáis que es fácil haber ganado.

Todos se autocomplacen pensando que les he dejado, pero no es cierto. Cuando me marché ya hacía mucho tiempo que ellos me habían abandonado. Que sigan pensando que soy esa sonrisa amable…

Piensan que me fui porque apareció Mesy: soplo de aire fresco para un ambiente viciado. Oxígeno para una ciudad maldita donde la vida resulta imposible. Llegó ofreciéndome su mano. La suavidad de su sonrisa fue un salvavidas para este mar del desencanto. Nos fuimos ambos: de excursión hacia el futuro. Aquí llevamos ya más de 20 años, disfrutando de ese accidente in itinere que se suele llamar vida. Y aunque sólo sea por lo bien que se está aquí, dan ganas de vivir.

Yo me encontraba girando sin sentido, entre escaparates llenos de vacío. Entre turistas cuyas vacaciones (tan ajenas) sólo eran gastronomías de incomprensión. Atrapado en los mismos paisajes urbanos: áridos y ya conocidos en esa ruta de hastío. Yo era –en dos palabras– una fiera pidiendo a gritos domadora[1], una serpiente pidiendo a gritos encantadora. Pero el entorno se negaba: no había oferta. Ninguna había sido capaz de manejar el resorte, mi patrón de comportamiento. Me había faltado coincidir con una encantadora pidiendo a gritos serpiente.

Piensan que me fui por desilusión o despecho, pero no es cierto. Por eso lo contaré todo: así se sabrá con certeza que cuando me fui… hacía ya mucho tiempo que me había ido. Mesy fue un sol moreno invitándome a otro río, demostrando con su alegría que no todo estaba perdido. Sólo se trataba de olvidar una dimensión: no para huir, sino para multiplicarla en desafío. Mesy era la demostración diáfana de que aquel universo plano tenía infinitas salidas. Nos dijimos respectivamente: ¿Te vienes a vivir a mi vida? No encontrarás mejor morada...

Allí me encontraba yo: un tío muerto dando vueltas como un tiovivo. Confundía el sinsentido de mi vida con el sentido de mi sinvida. Para mí el futuro era blanco oscuro y el presente: negro reciente.

Lo contaré todo, hasta el momento de sus rizos… después para mí empieza otra vida, habitando el mismo cuerpo. El día de hoy ya no es un sueño, es más: es la reencarnación de mí mismo, indagando mi propio sino. Para saber cómo he llegado a ser yo con esta dimensión de trinos, haré memoria: recordaré cómo fue todo, pero desde mi perspectiva renacida.

Me fui de Samarcanda satisfecho[2], porque era abandonar aquella etapa con la decisión de quien ha hecho los deberes. Me fui de una juventud que[3] se había convertido en territorio.

Por eso lo contaré todo, aunque haya cosas que no me guste contar. Contaré hasta diez antes de contar cualquier cosa, no sea que me dé por contar lo que no importa… llenando páginas inútiles, como suelen hacer los periodistas.

Contaré mi vida. Mis pensamientos a nadie interesan. Si dejo volar la imaginación, tengo poco mercado: el filtro es espeso, mi literatura no es de este mundo, éste no es mi siglo.

Un día quise hacer el dadá y hablé de mi vida media hora desde un escenario: año ‘98, en la Facultad de Filosofía de la UdeS. Para mi sorpresa no aburrí, sino que incluso resultó divertido. Aquel día alimentó la idea de estas Malas memorias, aunque ya antes se perfilaba como un diccionario de mitología.

Prefiero escribir esto con las ventanas abiertas… al menos con las persianas subidas: para que no me persigan los prefijos telefónicos durante las veladas de felicidad doméstica. Para que no se eternicen, se enquisten o se anquilosen aquellos flujos energéticos que no son sino recuerdos: ni pueden ni quiero que sean otra cosa.

Me da un poco de pena, no creáis: la vida convertida en letras. La tristeza impotente de quien ve morir a un gorrión, asesinado por el cautiverio.

Quizá debería haber hecho eso otro, tan común: pasar toda la vida recordando viejos tiempos, recogiendo las limosnas intelectuales y laborales que me fueran ofreciendo los conocidos, compasivos. Regodearme en el alcohol y las lágrimas durante las veladas nostálgicas.

Claro que entonces sólo habría escrito infinitas versiones del mismo tango: anclado y sin aventuras. No como ahora, bajel pirata surcando procelosos mares, entre paisajes desconocidos y sorprendentes. De la mano de mis mejores amig@s.

Después, ante tanta vida insulsa y vacía (el espíritu de nuestra época) la ocurrencia fue revivirlo todo: para poder olvidarme de mí mismo.

¡Qué tarea! A veces me puede el cansancio: sobre todo cuando veo la inutilidad de nuestra misión sobre la tierra[4]. Una hormiga socavando cimientos de un monstruo de hormigón: ¡qué sociedad! Todo parece imposible.

Bajo este disfraz de persona normal hay mucha gente: un antisistema, un pervertido, un disfrazado todos caben aquí. Sólo sobran los indeseables. No caben ni como recuerdo.

Un día fuisteis personas de mi vida… hoy sólo sois personajes de mis Malas memorias. ¿Acaso no os avergüenza esto… igual que a mí semejante proceso me provoca vergüenza ajena? Será el paso del tiempo, que trueca en vergüenza la sinvergonzonería…

Pero no deseo que nadie limpie mi pasado ni purifique mis recuerdos. Deseo plasmarlos en carne viva. No es que todo lo que se me ocurra merezca ser escrito… es que ya sólo se me ocurren cosas escribibles. Filtro y autocensuro todo lo superficial, lo superfluo.


 

[1] Según acertada denominación acuñada por Tino Corderas.

[2] En su doble sentido: harto y complacido.

[3] De alguna manera misteriosa, casi una prosopopeya.

[4] Si hubiera nacido empresario o camarero, todo habría sido más fácil que este disfraz de camaleón.

 

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