1.  Invitación    
1.1. El túnel de la memoria   001

 

Bastará decir que soy Ernesto Laguna, el heterófago que devoró a Lucas Adolfo GIME. Supongo que el proceso está en el recuer­do de todos y que no se necesitan mayores explicaciones so­bre mi persona[1].

Después de leer lo que sigue podéis pensar de mí lo que queráis (¡faltaría más!), pero seguramente será lo mismo que pensabais antes y estas letras han venido a confirmar: hasta tal punto el ser humano está cargado de prejuicios y puñetas. Esa idea previa no es otra que la que ha dejado el poso de los años sobre unas vivencias que vuestra mente ha ido manipulando hasta convertirlas en ideales.

A quienes os encontréis aquí dentro, os digo sinceramente: intentad leerlo como si no fuerais vosotros, sino personajes que por casualidad llevan un nombre que podría ser el vuestro. Mantened una distancia razonable (tal como he hecho yo mismo) y disfrutaréis del aprendizaje… es lo que me ocurre a mí.

Te digo, sincero como una puerta: ojalá te maten. Ojalá algún día seas tan importante para alguien… que ponga en riesgo su futuro por tu causa. Desde ahí, desde el futuro, cualquier día vendrá alguien y te dirá: vengo a matarte, para evitar lo que tu presencia significará para el mundo con el tiempo. ¿Acaso no es eso ser el centro del Universo? ¿Cómo sería un futuro sin mí, sin ti?

Con mi bendición deseo que no mueras en el lecho como un mediocre, que te asalte la muerte por el camino igual que lo hace con el viajante el bandolero, dando así sentido a su miedo. Que sea la pasión el sol de tu universo, porque ese destello negativo vendrá a compensar un infinito positivo previo o al menos será su alternativa.

A veces pasa por mi cabeza una idea descabellada: que la vida no es más que material para escribir, que pide ser escrito, pidiendo convertirse en letras. Enseguida la escribo y abandono semejante despropósito… para dedicarme a vivir, aunque de vez en cuando escriba. Quizá de ahí, de esa raíz, provenga el asunto de hacer unas Memorias… proyecto inacabable e inagotable que ya dura más de 30 años.

De la presente obra: que nadie espere grandes cosas aquí dentro… salvo los acontecimientos domésticos, las hazañas cotidianas. El contenido de esta obra es una vida normal, ordinaria; por eso mismo: única, extraordinaria.

Ven, recuerdo: te explicaré el final de una época de la que tú sólo eras el principio. Salir buscando violines… hasta apreciar las diferencias entre “acordarse de” y “recordar” algo o a alguien.

Cruje aquel recuerdo

como una mermelada de queso.

 

NO SÓLO ESO, PERO… el presente es la herramienta favorita de la memoria. También hace que la diferencia entre horizonte y paisaje convierta la obra que se ofrece a la vista del/la lector@ en una enciclopedia mitológica y profana; quienes no alcancen a captar la sutileza de esta distinción corren el riesgo de perderse matices impagables.

Escribiendo estas memorias empiezo a entender a Dios: lo veo todo lleno de súbditos que me dan igual, inferiores que me dejan indiferente desde una inexistencia tan ficticia que llega a la irrelevancia.

En las páginas que se encuentran a continuación intento o pretendo un equilibrio tan precario como objetivo: combinar con sabiduría las justicias aristotélicas. Justicia equitativa adjudicando a cada una de las entradas, de los capítulos, aquello que les corresponde de una manera indiscutible, sí… pero con una equidad que aspira a ser tan humana como infalible, si es que la compatibilidad de ambas características puede hallarse.

Pero también justicia distributiva, pues la limitada cantidad de sensaciones y sentimientos que alberga mi corazón ha de ser repartida de forma cabal: un poco de bilis aquí, una pincelada de ternura allá… Huelga decir que como juez puedo ser discutido, soy discutible: máxime cuando no he aprobado oposición alguna, por tratarse de una plaza en propiedad con carácter vitalicio y adjudicada a dedo; con mi nombre y apellidos en el momento de ser convocada: cuando adquirí conocimiento de causa y capacidad crítica. Con ambos requisitos pasé a formar parte del infinito cuerpo profesional de aficionados… en el que se encuentra cualquier mortal, más o menos. Dictando sentencias por doquier y a cada instante, sin ningún remordimiento[2].

Yo + yo son dos espejos. Si los enfrentamos, nos perdemos en un túnel infinito y negro.



[1] Parafraseando la primera frase de la novela El túnel brindo un homenaje existencial, sin condiciones, a Ernesto Sábato. Intachable.

En clave argentina, éstas mis Malas memorias  vendrían a ser una especie de herencia, de "bastardo híbrido" entre: Jorge Luis Borges (senderos bifurcándose), Macedonio Fernández (para los lectores de principios), Julio Cortázar (el “club de la serpiente”), Roberto Arlt (el cross a la mandíbula), Ernesto Sábato (exterminador donde los haya)… y muchos otros que pueden rastrearse. Algo así como una actualización, posible gracias a la informática: un homenaje menor, un vampirismo.

[2] Véase el Prólogo de JL Moreno-Ruiz en mi volumen Decálogos, tratados y otras sandeces.

 

 

 

 

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