1.  Invitación

   

1.7. Soy Dios, dejo la puerta abierta

 

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Llego hasta mi rincón: en el despacho, escribiendo. Me digo, le digo a la realidad: ¡cómo te resistes a la justicia! Porque poner las cosas en su sitio no es una cuestión de orden, sino de justicia poética[1].

Durante más de 20 años he sido un infiltrado. Practicando la observación participante, ese eufemismo con el que los antropólogos califican una variante científica del síndrome de Estocolmo. He de confesar que me integré de tal manera que a día de hoy no sé si cuando lo digo soy sincero o me dejo llevar por el paripé con el que pretendo ser algo más de lo que soy.

Lo cierto es que me impliqué en la vida de los funcionarios de tal manera que en la actualidad les considero mis hermanos[2] porque he participado de sus sueños y anhelos, he compartido sus preocupaciones y deseos. He sido uno con ellos en la difícil tarea de sobrevivir cada día. Me trataban normalmente porque todos pensábamos que yo era uno de ellos: hasta tal punto llegó el mimetismo de mi observación participante. El proceso fue inverso al habitual: en lugar de disfrazarme para integrarme con el entorno que debía estudiar, me quité el ropaje al finalizar el estudio, pues descubrí con sorpresa que había sido un disfraz de camuflaje. Eso sí, tan innato y sincero que incluso consiguió engañarme a mí mismo.

Creo que la experiencia me ha humanizado, ciertamente, aunque en cierto sentido ya la haya superado.

Largas temporadas he compartido el infierno ¿acaso esto me convierte en diablo? Sólo estaba ahí para humanizarme… no es responsabilidad mía el infierno de la vida. Mi contribución ha consistido –al menos lo ha pretendido– en intentar mejorar tan ingrata y tan incomprendida vida. Puede que no lo haya hecho muy bien, porque algunos veían en mí un enemigo[3]. O puede que me equivocara en la interpretación teatral o en los instrumentos. Pero independientemente de eso queda ahí mi aprendizaje, sin duda.

Las Malas memorias sólo son un diario diferido. Experiencias hervidas en el tiempo, para evaporar lo prescindible y dejar una esencia aromática, aderezada con el colorido de pinceladas impresionistas.

Intento ahora pasar por el tamiz equitativo del arte literario toda esa experiencia: se trata de una necesidad interna, una variante de la supervivencia. Estoy tan de puta madre sin vosotros que no quiero veros ni saber nada de ningun@… hasta me parece increíble que un día llegarais a ocupar mi vida.

Son tan escasos los momentos de paz en que mis letras pueden poner las cosas en su sitio… casi suponen una excepción en la vorágine cotidiana.

Para llegar aquí es imprescindible esquivar miles de obstáculos: fintar a cada instante entre las infinitas trampas de la vida. Enmarcar mis frustraciones hasta convertirlas en el arte que realmente son, porque tiene mérito ir contra mi voluntad y salirse con la suya. No es cuestión de personas, aquí al servicio de fuerzas sobrehumanas.

Parece como si todo formara parte de un plan preconcebido: el que tiene la vida de apartarme de mi objetivo, poner ante mí innúmeras tentaciones que me distraigan del fin perseguido.

A veces creo sucumbir, pero sólo son descansos, burladeros. La memoria es un juguete, sin duda. Al igual que ellos, en ocasiones nos traiciona o nos ignora, aunque otras veces juegue con nosotros[4] porque no conoce la acritud ni la venganza: nosotros también lo hacemos con ella. La memoria es el niño que nuestro cerebro lleva dentro desde siempre, que se resiste a crecer traicionando los recuerdos. La memoria es un tesoro de calderilla: la evolución que va desde el niño que fui hasta el viejo que seré… Por eso hoy caprichosamente he recordado algunos episodios de juventud al retocar escritos: hace justamente 33 años me encontraba viviéndola intensamente, sin saber de mi futuro, que ya se ha hecho presente.

Ojalá este libro fuera tan bueno como ambicioso.

Finalmente se impone un fuego que me quema desde dentro: la pasión casi divina de recolocar y repartir su lugar a cada cosa, su persona a cada lugar. Que ell@s se reconozcan sin duda, pero sólo puedan ser reconocid@s si así lo desean.

Quienes se vean reflejados en las páginas que siguen y consideren que hay alguna inexactitud al respecto de los hechos, pueden dirigir sus sugerencias a la siguiente dirección de correo electrónico:

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En futuras e hipotéticas ediciones, serán tomadas en consideración para ampliar o enmendar. Correcciones que hagan de la presente obra algo sustancialmente mejorado.


 

[1] La mía sería una literatura sin ánimo de lucro. Por oposición a la tradicional, a la que Andrés GHANA llamaría sinónimo de lucro.

[2] Laboralmente hablando, claro.

[3] Quizá era mi tarea de espejo, la pulida superficie de mi rostro devolviéndoles el suyo, tan abominable.

[4] A nuestro lado.

 

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