3. Mis memorias: declaración desnuda de intenciones; objetivos

   

3.3. Confesiones confesables

 
 

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Paseo por las páginas de la memoria y disfruto del sufrimiento del paisaje, pues caminando por estas calles del pasado, por esta ciudad literaria, me siento potente. Tanto, que las casas de mi infancia me parecen infinitamente pequeñas: irreales, falsas.

Con frecuencia me siento ajeno, más bien un infiltrado; en todas partes por mi condición camaleónica y en la vida misma por lo transitorio de la existencia. En el primer caso, proveniente de cualquier otro entorno, pero ¿y en el segundo?

Condenado a la gente: sin mendigar, sin orden… pero con penitencia.

Lo que podría hacer y lo que hago… ¡menuda diferencia!

Me pregunto qué pinto en un mundo tan superficial: fugaz y fútil como un piso de estudiantes… quizás acaso aún no haya crecido y es el sitio que me corresponde… Puede que flirtear con cerebros pueriles sea mi (equi)vocación, aunque sepa de lo insulso de ese placer, pero también está la posibilidad de que sea –en fin– que bajar al mundo significa aceptar esta impotencia.

Los días más confusos, ésos que precisan destellos entre las nubes para sobrevivir a los eclipses, me digo a mí mismo que los genios también tenemos derecho a caernos. Pero casi inmediatamente alejo de mi mente semejante elitismo pretendidamente proletario. Y abomino de esta forma de humanizar lo divino para demostrar con ello su existencia.


 

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