3. Mis memorias: declaración desnuda de intenciones; objetivos

   

3.4. c)

La paradoja del tiempo

 

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Fui una especie de investigador en el pasado, siguiendo las reglas del juego de los espejos: viajé en el tiempo. Intentaré transmitir la idea, pues aunque sea difícil explicarlo, resulta fácil de comprender en extremo.

Si ahora me planteara viajar al pasado, concretamente a los ’80… si estuviera allí, haría exactamente lo que hice y por tanto llegaría a las mismas conclusiones a las que llego ahora[1]. Por eso puedo decir sin sonrojo que aquello fue un experimento que hice desde el ahora, aunque entonces aún no tuviera mi actual conciencia.

Dicho sencillamente: el pasado es un viaje imprescindible y ficticio que predicamos desde el presente, de la misma forma que el presente es el viaje imprescindible y ficticio que algún día realizaremos desde el futuro. Porque Miro mis fotos de entonces... ¿acaso era otra cosa que un embajador desde el ahora, enviado por mí mismo a aquella época? Para prevenirme, aleccionarme...

Miro el espejo ahora... ¿acaso soy otra cosa que un embajador de aquel entonces, enviado por mí mismo al futuro? Supongo que preguntarme esto quiere decir que tengo los deberes hechos...

Este planteamiento temporal puede parecer peregrino… quizá lo sea, pero contiene el secreto para interpretar como novela la vida propia y también la ajena. Digamos que el tiempo está contenido en sí mismo: cuando ahora estoy relatando mis experiencias de entonces, simultáneamente las vivo y las revivo.

Así, desenredar la madeja del tiempo resulta casi una perogrullada si lo abordamos como linealidad temporal. Sin embargo, aunque sea esto lo más llamativo, no es el meollo del concepto.

La continuidad y coherencia de una vida como visión de conjunto: esto sí lo es. Parece evidente que para evaluarlas resulta necesario tener a nuestro alcance el conjunto completo de una existencia, pero esto no significa que la vida ya tenga que estar acabada para poder hacerlo. Precisamente por eso y porque la linealidad del tiempo es sólo mera apariencia, podemos modificar nuestra vida en cualquier momento. Hacer que a partir de entonces sea diferente. Es la solución a la Tercera Antinomia kantiana[2]: somos libres para determinarnos como lo hacemos.

Así iré trayendo poco a poco, amablemente… con el rencor justo en cada caso: a toda una galería de luces en este siglo de sombras. Son personajes guadiana, símbolos y metáforas, alegorías e hipérboles… y son muchas más cosas que telas de araña: se entrecruzan sin reconocerse y se reconocen sin entrecruzarse.

Ha habido suerte. Hoy he fregado los platos y esto me sirve para evocar tiempos intentados, esbozar torpes garabatos en el intento frustrado de antemano, por definición imposible, que es describir realidades. Se me ha despertado el bolígrafo y gracias a los recuerdos, divertida la vida, estoy ante los fantasmas: de otra manera me habría podido la pereza y estaría ahora durmiendo la siesta de los justos.

Van pasando los años… y las bebidas energéticas se van caducando… Me alegro de haber pasado de querer llenar la plaza de amigos[3] a tener cara de pocos amigos. Que se me acerque cuanta menos gente mejor. Haber sido capaz de quitarme semejante responsabilidad y peso de encima. Saltar sobre las dimensiones inmediatas que un día fueron mi hábitat.

Confieso haber sido yo también hombre-lobo, cura, vampiro, cíclope y toda una suerte de monstruos de obligado cumplimiento para cualquier juventud que se precie; eran aquellos mismos tiempos en los que durante horas y horas escuchábamos el mismo disco, la misma cinta de cassete.

He sido persona normal, pero también lo contrario: dependiendo de las oportunidades que me ha ido brindando la vida para demostrar de qué soy capaz.

En aquella ‘Edad de oro’ hacíamos las cosas sin plena conciencia de su alcance ni significado[4]. Algo tan natural como vivir: ese ensayo general constante, sin posible estreno; aquello que surgía de la imaginación, de la creatividad en estado puro, se volcaba hacia la realidad sin más cortapisas que los elementos necesarios para la supervivencia: leyes físicas, leyes humanas y otras zarandajas normativas.

Sólo ahora, cuando los acontecimientos van madurando en esta barrica intelectual que es mi despacho, adquieren su auténtica dimensión épica. Tras tantos años de aprendizaje, de contemplar existencias vacías y hechos intranscendentes, logran tener su verdadero significado por oposición. Resulta casi sorprendente cómo han pasado los años… casi impunemente, para venir a resaltar con fosforito lo que en su día fue cotidiano, prosaico. Para venir a agigantar el recuerdo de batallas tan simbólicas como intranscendentes.

Perplejo, me contemplo en el espejo... ¿quién me iba a decir entonces que acabaría siendo este viejo?

¿Buscar cosas con significado? ¿o buscarles significado a las cosas? Probablemente en ese cambio de actitud reside el abandono de la juventud y la entrada en la madurez (si es que son excluyentes): porque contiene el valor implícito de querer cambiar el mundo... o verlo diferente desde una perspectiva hasta entonces desconocida.

Fríamente resumido mi itinerario, sería más o menos éste: de 0 a 16 años, formación, educación. De 17 a 25 años: mezcla de formación y experiencia. De 26 a 47, experiencia. A partir de 48, madurez.

Haciendo gala de esa capacidad de abstracción que debe caracterizar a todo filósofo (más allá de lo demasiado humano), establezco dichas etapas (cronológicamente aproximadas) para saber si alguien se atasca en alguna, lo que le impediría llegar a la siguiente.

Es una mera referencia para posibles y futuras actuaciones/intervenciones sobre la propia vida, si uno considera que se ha descarrilado.


 

[1] ¿Significa eso que ya he viajado?

[2] La que contrapone ‘libertad’ y ‘determinismo’.

[3] Como en su día proyectamos Valentín Hermano y yo.

[4] Si no, probablemente no las habríamos hecho.

 

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